FELIPE
GONZÁLEZ MÁRQUEZ 18 OCT 1998
Reconstrucción,
ruina, reconstrucción, ruina... Historia. Mil setecientos años: romanos,
visigodos, musulmanes, judíos, cristianos. Armas y letras. Todo en torno a
estos muros de piedra. Piedras que nos cubren y nos soportan generación tras
generación. Nos sobreviven y están a nuestra merced para desordenarlas,
quemarlas, volverlas a ordenar. A merced de la voluntad del hombre y más allá
de ella. Reflejan afectos y desafectos, pasiones encontradas y convivencia
tolerante. El peligro de que lo inmediato oculte lo pasado remoto, como una
foto sin profundidad de campo, está siendo conjurado hoy, con esta biblioteca,
con incunables al rescate de la memoria. Los incunables conviven en paz con las
piezas de artillería del imperio. Que nadie se inquiete.
Me
gusta Toledo. La he visto más veces desde el aire que desde abajo, con la
perspectiva de intrincadas callejuelas plenas de memoria colectiva, o de
olvido. El Alcázar, imponente, estorba la mirada al conjunto de casas
arremolinadas en torno a la colina, abrazadas por el Tajo, más que cercadas por
la muralla. Hasta la catedral parece humilde junto a la impresionante mole de
este castillo, como si, por una vez, el poder temporal se hubiera impuesto al
poder espiritual en las viejas ciudades castellanas.
Desde
un alto balcón contemplo la perspectiva serena de la ciudad, con su increíble
juego de tejados, rota sólo por una nota discordante de modernidad en medio de
un sueño de siglos: una azotea invadida por sillas de plástico de colores
chillones, a la espera de la estridencia musical de la noche. No será el órgano
de la catedral que uno espera, sino la heterodoxia de la guitarra eléctrica.
Nuestra
memoria colectiva, corta y dolorosa, se detiene en los episodios más recientes.
La guerra civil, el asedio, el dolor del desgarramiento de una lucha entre
hermanos. Los libros devuelven la historia multisecular de este entorno. Toledo
está lleno de turistas extasiados, asombrados los más cultos por la presencia
viva de la historia. Añoranza de judíos y musulmanes. Toledo historia y Toledo
símbolo de convivencia entre las culturas, las religiones del libro. Toledo
representación de la primera escuela de traductores, gran corriente cultural,
única en la época, que agrupó a gentes de todas las procedencias. Imperial y
abandonada, lo ha sido todo, tal vez lo sea todo, aunque no sepamos verlo.
Símbolo
de lo que somos, nosotros, contingentes criaturas convocadas aquí para un acto
inaugural que nos desborda, nos trasciende, porque más que inauguración es
recuperación, más que innovación es demostración de lo poco que significamos
con nuestras pequeñas disputas, ante el peso milenario de letras, armas,
piedras y el Tajo, seguimos peleando identidades.
Tomé
la palabra tras Leopoldo Calvo Sotelo, recordando a Adolfo Suárez, los tres que
formamos la triada de presidentes de Gobierno cubriendo un instante de la
historia que nos contempla: 20 años. Lo que llamamos la transición, hoy tal vez
primera transición, porque siempre se transita, sólo permanece la piedra.
Estamos, una vez más, perdidos en la búsqueda de una identidad que no queremos
ver, aunque la tengamos ante nuestros ojos.
No
sabemos si hemos presidido una vieja Nación, a veces imperio, o una comunidad
de afectos y desafectos sin mayor significación. Corremos el riesgo de devenir
apátridas, incapaces de señalar el casillero del pasaporte en que figura la
nacionalidad. Experimentamos una especie de inversión térmica constitucional.
Lo que definíamos nacionalidad, deviene Nación; el resto, que creíamos Nación,
deviene nacionalidad a los solos efectos de rellenar ese hueco en nuestro
pasaporte.
Vanidad
o vacuidad, haber recorrido el mundo, buena parte del que fuera territorio
ligado a España, hoy naciones soberanas y fraternas, creyendo representar a la
vieja Nación española, recogida sobre sí misma en sus fronteras de hace cinco
siglos, pero deseosa de abrirse al mundo, eliminando fronteras de aislamiento,
sin darnos cuenta de que representábamos algo mal nominado, inexistente al
decir de nuestro honorable amigo Pujol.
Sevillano
de nación como soy, pero sólo en el sentido cervantino, me siento español.
España es, aunque cuesta decirlo en esta disputa que vivimos, mi patria. No me
siento nacionalista. Aún más, cada vez me siento más lejano de los
nacionalismos, sean centrales o periféricos. No me gusta su vis excluyente,
homogeneizadora, que niega la otredad. No la veo en estos libros, no la veo en
la Escuela de Traductores, ni en El Greco, aunque sé que estuvo en la
Inquisición y en la guerra incivil. Más bien veo mestizaje y pluriculturalidad,
tolerancia y apertura al otro, al diferente. ¿Me estaré quedando sin espacio?
Si no deseo una España de nacionalismo excluyente, ni tampoco una Cataluña, un
País Vasco o una Galicia de nacionalismos igualmente excluyentes, ¿qué soy?, ¿a
qué pertenezco?
Desde
el afecto apelo a la razón, al conocimiento de lo que somos y de lo que podemos
ser en los umbrales de un nuevo milenio. Desde el respeto a lo que hay debajo
de estas piedras, y aún más de lo que está por venir en forma de nuevas
generaciones, deseo que se me entienda.
Desde
una vieja Nación, desde una ciudad milenaria, cargada de historia y de
historias, quiero recordar que hicimos hace 20 años un pacto constitutivo para
un nuevo proyecto, que suponía un giro histórico trascendental en nuestro
reciente devenir y también en el más lejano: recuperar las libertades
individuales y reconocernos en la diversidad de identidades que siempre han
compuesto el mosaico de España.
La
nación moderna surge de un impulso homogeneizador, por eso excluye al
diferente, en sus creencias o en su lengua. Hoy se trata de la nación
incluyente, la de ciudadanos, no la nación étnica ni étnico-cultural. Un marco
de convivencia que acepta la diversidad de individuos y de comunidades,
igualándolos en su ciudadanía. España era y es una Nación, también comunidad de
sentimientos, incluso encontrados, porque es una realidad de seres humanos. El
intento, tal vez baldío, es llevarla al futuro como Nación incluyente,
alternativa al nacionalismo excluyente que nos ha acompañado y martirizado en
no pocos tramos del camino. Puede ser Nación de naciones, de nacionalidades o
regiones, pero no debería ser Nación de nacionalismos enfrentados por
excluyentes entre sí.
Tengo
instinto sedentario, tal vez porque piense que todo se puede encontrar aquí, en
el espacio de esta ciudad, como Don Quijote y Sancho mostraron el universo sin
salir de su rincón manchego. Pero vivo como un trotamundos desgarrado por ese
apego a la tierra. Encuentro por casi todas partes a los que, como yo, se
sienten españoles. Desperdigados, pero no perdidos. Son más nosotros en América
que en nuestra propia tierra. Me gustaría viajar con mi identidad por los
caminos de la globalización. No quiero ser apátrida en la realidad virtual de
la sociedad de la información, aunque me guste ser ciudadano del mundo. Si fuera
inevitable, espero que mi amigo Pujol me dé nacionalidad para rellenar el
casillero, aunque sólo fuera por el respeto que siento a la personalidad
diferenciada de Cataluña. Tal como están las cosas, mi otrora amigo Arzalluz no
me lo concedería por mor de la otredad inaceptable que represento para él.
Pero, a decir verdad, prefiero que España siga siendo como es, sobre todo ahora
que comprende a gentes como yo, y los comprende, a cada uno, en su identidad
diferente y en la común que siglos de historia nos han hecho compartir. Pido
respeto a lo que hemos sido, multisecularmente, para respetarnos hoy y en el
futuro. No quiero una visión estática, sino dinámica, de nuestra historia
colectiva, pero menos aún quiero una visión a-histórica o anti-histórica que
nos lleve a desgarramiento. En realidad, lo que deseo es un sólido Estado
democrático, una Nación cuya soberanía se defina por la ciudadanía, conviviendo
en su seno nacionalidades y regiones de identidad rica por plural. Para colmo,
es la mejor fórmula para vivir en la globalización imparable de esta nueva era
que nos ha tocado vivir.
Éste
es el texto de la alocución pronunciada el pasado viernes por el ex presidente
del Gobierno Felipe González durante la inauguración de la Biblioteca de
Castilla-La Mancha en el Alcázar de Toledo.
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