España
merece la esperanza
FELIPE
GONZÁLEZ MÁRQUEZ 8 OCT 1982
"Hay
muchas cosas que cambiar en España", dice el autor. Pero lo primero,
añade, es cambiar los comportamientos, modificar profundamente el estilo con el
que se ha dirigido al país y, simultáneamente, conseguir unos aparatos públicos
que cumplan sus cometidos bajo los principios de la eficacia y de la sana
administración.
Hace
unos días, en un programa de televisión, un periodista me interrogaba sobre el
contenido del cambio que los socialistas vamos a realizar desde el Gobierno. La
pregunta se prestaba a una larga exposición de las medidas que nos proponemos
tomar en cada campo, y que figuran en nuestro programa. Sin embargo, preferí
responder con una sola frase que, a mi juicio, refleja exactamente la dimensión
histórica del paso que vamos a dar el 28 de octubre: el cambio es hacer que
España funcione.Esta formulación puede parecer a algunos poco ambiciosa, lo que
me parece una crítica superficial. Es posible que plantear como objetivo que el
país funcione no tenga una especial significación en naciones en las que los
mecanismos sociales e institucionales tienen un rodaje de muchos años, y su
funcionamiento básico está garantizado cualquiera que sea la orientación
política del Gobierno. En España, sin embargo, a estas alturas del siglo XX,
aún no hemos superado problemas elementales de funcionamiento del sistema
socio-político que otros países de nuestro entorno tienen resueltos desde hace
decenios, y la causa de ese retraso está, a mi juicio, en el egoísmo y la
absoluta carencia de sentido del Estado que históricamente ha caracterizado a
la derecha española, que ha renunciado desde siempre a realizar la tarea de
modernización que en los países europeos han llevado a cabo hace ya tiempo las clases
dirigentes.
Alguna
vez he dicho, al ser interrogado sobre el tema de las nacionalizaciones, que lo
primero que hay que hacer en España es nacionalizar el propio Estado. Y hacerlo
en un doble sentido: por una parte, hacer que el Estado sea considerado por los
ciudadanos como algo propio y de todos, no como un poder anónimo y ajeno frente
al que se siente recelo y desconfianza. En segundo lugar, lograr que quienes
dirigen el aparato del Estado por delegación del pueblo no se comporten como si
estuviesen en un predio personal donde cualquier desmán es posible sin que
nadie se escandalice por ello.
Creo
que no exagero al decir que España no funciona, entre otras cosas, porque las
viejas e ineficaces estructuras de la Administración han permanecido intocadas,
haciendo baldío el esfuerzo de muchos de los que en ella trabajan, lo que ha
permitido que nuestra Administración pública siga siendo una trinchera de
privilegios y prebendas, un aparato hostil a los ciudadanos y a los
contribuyentes, porque sectores decisivos como la Seguridad Social y la empresa
pública están. presididos por el derrroche y la ineficacia como criterios de
actuación; porque el egoísmo corporativo de ciertos sectores privilegiados está
minando constantemente el impulso de solidaridad que nuestra sociedad necesita
para salir adelante, y porque los niveles de moralidad pública están bajo
mínimos desde hace demasiado tiempo.
Hay
muchas cosas que cambiar en España, evidentemente. Pero lo primero es cambiar
los comportamientos, modificar profundamente el estilo con el que se ha
dirigido el país hasta hoy, y simultáneamente poner a punto la herramienta,
conseguir unos aparatos públicos que cumplan sus cometidos bajo los principios
de la eficacia y de la sana administración de los fondos de todos. Ello hará
que los responsables de la gobernación del país tengan credibilidad y autoridad
moral, sin las cuales la colaboración ciudadana es una entelequia. La llegada
de los socialistas al Gobierno ha de traer consigo un impulso de regeneración
pública y de esperanza colectiva, sobre las que se van a sustentar nuestras
realizaciones de gobierno: la lucha contra el paro, la superación de las
desigualdades, el desarrollo de la Constitución, la política internacional,
etc.
Detener
el retroceso
España
es hoy como un vehículo situado en una pendiente y caminando marcha atrás. Hace
falta detener el retroceso, meter la primera y hacer que el vehículo avance.
Los conductores que hemos tenido hasta ahora han demostrado su falta de
pericia; el 28 de octubre tenemos una nueva oportunidad de hacer que España
funcione. El conseguirlo va a depender en buena medida de la voluntad no sólo
del partido socialista, sino del conjunto del pueblo. Por eso decimos que el
cambio no es patrimonio del PSOE, sino que éste no es sino un instrumento
-parece que el único instrumento válido en estos momentos-, cuya misión será
articular políticamente la mayoría social que va a apoyar el cambio en las
urnas y lo va a llevar adelante, con la colaboración de todos, después de esa
fecha.
Al
vehículo del progreso sólo se le conoce una dirección: hacia adelante, hacia la
modernidad y la justicia. Esta es precisamente la dirección que quiere tomar la
mayoría de los españoles, y por eso el cambio es un objetivo nacional por
encima de la opinión que cada uno pueda tener sobre tal o cual medida, o sobre
el ritmo que hay que imprimir a la marcha. La convicción general de esta
necesidad y la realidad de que hoy es posible conseguirlo será, sin duda, un
elemento fundamental de juicio para muchos españoles que van a contribuir con
su voto el 28 de octubre a decidir en qué sentido vamos a caminar durante los
próximos años.
Felipe
González es secretario general del PSOE.
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