Un
debate turbio
FELIPE
GONZÁLEZ MÁRQUEZ 2 JUN 2000
El
ejemplo utilizado por Felipe González en una entrevista con la revista mexicana
Proceso para demostrar que el PSOE podría ser hoy mucho más influyente con el
respaldo electoral que tiene desencadenó la semana pasada una dura polémica.
"La Constitución en España se hizo porque nosotros decidimos que se
hiciera y sólo teníamos el 30% de los votos. Si hubiera dependido de Adolfo
Suárez, no se hubiera hecho la Constitución. Adolfo es muy amigo mío, pero él
no quería hacer la Constitución". Esta frase provocó una oleada de recriminaciones,
desde miembros del Ejecutivo de José María Aznar a Adolfo Suárez, hijo, y que
culminó el pasado martes con una declaración conjunta de 40 ex ministros que
formaron parte de los Gabinetes de Suárez. Felipe González aclara en este
artículo qué quiso decir en esa entrevista.
Es
curioso, cuando menos, el revuelo organizado con motivo de unas palabras mías
sobre el papel de Adolfo Suárez y la Constitución.
Sin
duda he cometido varios errores en esa entrevista -cuyo texto no revisé-, pero
uno destaca sobre los demás: la afirmación de que Suárez no quería la
Constitución, sacada de contexto, induce a error y puede ser manipulada, como
está ocurriendo.
Esta
polémica absurda no cambiará, sin embargo, la apreciación que tengo sobre el
papel de Suárez en la transición. Porque no sólo fue una pieza clave para el
paso de la dictadura a la democracia, sino el pararrayos de todas las
invectivas, descalificaciones y odios de una derecha montaraz que no quería el
cambio, que no quería perder su estatus y consideraba a Suárez -ellos sí- como
un traidor a su causa.
Y
es esto lo primero que quiero dejar claro. Mi convicción personal es que sin
Adolfo Suárez el proceso de transición democrática en España hubiera sido
distinto y, con toda seguridad, mucho peor. La UCD y el PSOE, mayoría
abrumadora, y otros grupos políticos que habían jugado un papel relevante en la
oposición a la dictadura, como los comunistas y los nacionalistas, estuvimos
desde un principio de acuerdo en la necesidad de transitar de la dictadura a la
democracia.
Discrepábamos
entonces en las formas y los ritmos. No podía ser de otra manera, puesto que
nuestro punto de partida era distinto: Suárez tenía que conducir a una parte
del viejo régimen a la aceptación de la democracia y la base de su estrategia
era la idea de un cambio sin ruptura de la legalidad vigente. Su margen de
maniobra era estrecho y su riesgo alto. Seguramente hizo lo mejor posible
cuando aprobó la Ley para la Reforma Política, prólogo de la convocatoria de
las elecciones del 15 de Junio de 1977. Esta Ley no tenía el propósito de abrir
un proceso constituyente, aunque forzáramos ese resultado final.
De
hecho, las primeras elecciones libres en 50 años no fueron convocadas por el
Gobierno para elegir una Asamblea Constituyente. Fueron las Cortes las que
tomaron la decisión, una vez elegidas, de abordar inmediatamente la elaboración
de una Constitución. Y aquí viene el punto central de lo que quise transmitir
en mis declaraciones: aquella decisión fue posible porque la relación de
fuerzas entre los que tenían su origen en la oposición al franquismo y los que
provenían del mismo fue distinta a la prevista. Esto hizo ineludible la
aceleración del proceso.
La
Constitución era un punto que formaba parte de las exigencias básicas de la
oposición y no -al menos originariamente- de la estrategia de los reformistas.
El resultado electoral hizo posible la convergencia de UCD, PSOE y otras
fuerzas democráticas en torno a la decisión.
Nosotros
deseábamos una Constitución que rompiera, mediante el acuerdo, con la legalidad
del franquismo y abriera una nueva etapa. Era la ruptura con el pasado, propia
de un partido democrático de oposición a la dictadura, que deseaba pactar con
quienes, procediendo del propio sistema anterior, manifestaban una voluntad
sinceramente democratizadora.
El
talante centrista y reformador del grupo creado en torno a Suárez, reflejo del
suyo propio, permitió un diálogo fructífero -del que sale la Constitución- y
suscitó el rechazo mas encendido y ácido por parte de la derecha que no quería
ese cambio.
Esto
es lo esencial. Un acuerdo de fondo, la instauración de un régimen democrático.
Una metodología, el consenso. Y como resultado, una Constitución compartida. Y
en ese esquema la contradicción básica no se daba entre Suárez y nosotros, sino
entre quienes empujábamos hacia la transformación democrática de España y
quienes, desde la nostalgia del franquismo, la frenaban y obstaculizaban.
Y
ahora, más de veinte años después, muchos de los que no querían la Constitución
alientan un debate turbio, que trata de enfrentar a aquellos que, mediante el
diálogo -a veces tenso y no exento de contradicciones- conseguimos su
aprobación. No hay más que ver el celo historiográfico con el que los medios de
comunicación al servicio del poder hurgan en las hemerotecas buscando todo lo
que les permita atizar esta polémica para darse cuenta de lo que pretenden. En
los últimos dos años, como en plena campaña electoral, los dirigentes del PP,
intentan apropiarse de la Constitución, incluso de aparecer como únicos
garantes y defensores de lo que rechazaron entonces. Y les ha ido bien. Ahora
tratan de ir más allá. Porque difícil es, pero no imposible, que fracturen a
los que estuvimos de acuerdo hace veinte años, justamente sobre aquello en lo
que estuvimos de acuerdo.
Los
neófitos defensores de Suárez, o los que lo dejaron en la cuneta, deben saber
que no tengo la intención de entrar en ese juego, dispuesto como estoy, por
respeto a lo hecho y por amistad, a resaltar el papel de Adolfo Suárez. Mi
error ha sido haber dado excusa, que no motivo, para este despliegue de
renovadas invectivas, semejantes a las viejas, que oculta intereses espurios.
Porque,
puestos a analizar los hechos históricos, sería interesante sacar del burladero
a los que jalean hoy a Suárez y entonces lo querían triturar. Por ejemplo
Aznar, que dice haberlo votado en 1977 y que, inmediatamente después, estuvo en
contra de la Constitución, pidiendo una abstención activa y militante en el
referéndum. Estuvo en contra del consenso como método para elaborarla. Estuvo
en contra de sus contenidos esenciales : regulación de la educación, de la
economía, del derecho a la vida, del Estado de las Autonomías, etc. Es cierto
que lo hizo con la relevancia propia de su responsabilidad de entonces, pero
con una saña inigualable contra el Gobierno de Suárez. Basta con acudir a sus
textos de la época. Estos no dejan lugar a dudas sobre sus convicciones de
antaño, transformadas hogaño en exaltación y defensa, con vocación excluyente,
de lo que entonces denigraba.
Entonces
era importante dónde estaba cada cuál en este debate, porque se situaba en el
filo de la navaja entre involución y democracia. Hoy no hay ese riesgo, pero es
necesario identificar a unos y a otros ante las nuevas generaciones.
No
obstante, mi deseo más profundo es que la mitad de la convicción con que Aznar
y los suyos atacaban la Constitución y los Estatutos hace un par de largas
décadas, sea hoy aplicada a asumirla, más allá de su uso como arma electoral.
Sería bastante, incluso mucho, para los que, con mayor o menor relevancia, nos
comprometimos a hacer posible una Constitución que nos permitiera superar
nuestros problemas históricos y facilitar la convivencia en paz y libertad.
Acostumbrado
como estoy a este tipo de cosas, lo que más lamento es que Adolfo Suárez se
sienta mal. Mis excusas porque creo que no lo merece, ni hoy ni en aquellos
momentos, cuando tantos de los que ahora salen en su defensa, o alientan el
debate ocultándose, se comportaron como lo hicieron.
¿
Podrá hablarse de este y de otros temas de nuestra historia reciente sin que
los de siempre se lancen a enturbiarla?
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